Reflexión del día que me fui del país

Bueno, no se si estoy intenso ya con el tema de las reflexiones pero esta será la última al menos por un buen tiempo, lo que ocurre es que hace poco conseguí un par de escritos que pensé que había perdido cuando formateé la computadora acá en Dubai apenas llegué.

Esto lo escribí el Miércoles 7 de Mayo de 2014, justo el día que estaba emigrando.

Acá... lo que escribí

Siempre que viajo, tengo la mala costumbre de estar hasta la noche antes del vuelo haciendo maletas, esta vez no fue la excepción.

Terminé de arreglar las cosas a las 2:00am con mi mamá, luego de eso me puse a ordenar un poco el closset pues es probable que mi prometida se quede en mi habitación hasta que, finalmente, nos casemos en diciembre. Al final terminé acostándome a las 5:00am.

La mañana transcurrió sin mucha novedad, a las 11:00am ya estábamos bajando al aeropuerto y ya a las 13:00 estaba chequeado y sentado tomándome algo con mi familia, mi familia completa, la que me tocó (mi papá, mi mamá y mi hermano) y la que yo tuve la suerte de elegir (mi prometida y su familia).

Por recomendación de la aerolínea, debía entrar al área de embarque a las 14:00, así que a esa hora nos dirigimos a la puerta que dirige a esa zona, las lágrimas no se hicieron esperar, abrazos y besos para decirnos “hasta luego” pues en diciembre estaré de vuelta.

El camino al aeropuerto estuvo lleno de reflexiones, en una de las cuales planteé, ¿por qué tiene que ser así?, el ideal venezolano desde que tengo uso de razón siempre ha sido graduarse e irse del país, sea por trabajo o a estudiar un post grado, la cosa es, no debería ser así, ¿por qué no prosperar en tu propio país?, después de todo es tu casa, ¿no?. Pues la respuesta es muy sencilla, también, desde que tengo uso de razón, la manera de sobresalir entre los demás, no es hacer las cosas bien necesariamente sino ser más vivo que el de al lado , la supervivencia del más vivo o, como se dice coloquialmente, la viveza criolla , ojo, no digo que todo el mundo sea así, pero una gran mayoría piensa así, entonces, el ideal de éxito pareciera ser “quédate y trata de ser más vivo que los demás, o vete a un país donde todo el mundo sea honesto y haz las cosas como deben ser”, es decir, no te comas la luz, cruza la calle por el rayado, no botes basura en la calle, no orines en la calle ni enseñes a tu hijo a hacerlo, entre muchas otras cosas.

La verdad es que la conversación estuvo muy amena, como siempre con mi familia, la cuestión es que tomará bastante tiempo antes de sentarnos en la misma mesa como hoy, a disfrutar de un buen café y hablar de cualquier cosa, pasará algo de tiempo antes de que podamos volver a abrazarnos como hoy mientras nos despedíamos, ahora que estoy emprendiendo camino a otras latitudes, entiendo cuando mi mamá me decía “algún día dirás, ¿por qué no abracé más a mis padres?”, le doy toda la razón, nunca he sido muy cariñoso porque no me criaron así, pero justo mientras escribo este post estoy sobrevolando el océano atlántico camino a mi primera escala, el asiento a mi lado está vacío, como también estará vacío el asiento frente a mi en unas horas cuando me siente a almorzar y mañana cuando me siente a desayunar, y el día siguiente, y el siguiente... darse cuenta de esto te pega un poco y despierta la nostalgia y, lo peor, es que es la realidad de muchas personas que han decidido experimentar “la triste alegría de emigrar”.

Creo que la misma situación del país me recordó las razones por las que los jóvenes profesionales deciden irse a probar suerte en otras naciones: justo pasando el chequeo de migración, escucho un llamado de la aerolínea: “pasajero de Lufthansa Israel Fermín, favor presentarse en la puerta de embarque número 12”, pensé que estaban abordando temprano así que me apuré a la puerta de embarque, allí me informan que una de mis maletas fue “seleccionada para revisión” y que debía bajar al área de equipaje para abrirla, vaciarla y examinar su contenido. Allí, un Guardia Nacional del Comando Antidrogas era el encargado de revisar mi maleta, a pesar de que traté de buscarle conversación no era muy hablador, pero tampoco me trató mal ni fue mal educado, simplemente hizo su trabajo, de manera muy ordenada (de verdad, no es sarcasmo) vació el contenido, revisó la manera y volvió a colocar todo en su lugar. Luego de eso, le pregunto al encargado de equipaje que me acompañó si de verdad consiguen mucho contrabando de esa manera, la respuesta fue afirmativa, no sólo eso, sino que “es algo de todos los días”, de hecho, hace una semana “aprehendieron a una familia completa”, sí, “el señor, la esposa y dos niñas menores de edad”, según el señor la mayor tendría más o menos 5 años.

Luego de la revisión de equipaje, el vuelo se retrazó unos minutos, dándome tiempo de comer algo antes del vuelo para amortiguar, entre los locales de comida, había una arepera que de verdad no se veía bien, quería irme por lo más económico, y lo siguiente más económico era Burger King, hago mi cola que cada vez se hacía más larga gracias a la lentitud del servicio y de la única cajera que se multiplexaba en tiempo entre la cocina y la caja. Finalmente, cuando voy a pedir, no hay tocineta, no hay aros de cebolla, no hay... bueno, ya estamos acostumbrados, al final pedí el combo de “Dos hamburguesas con queso” por el cual me quedan debiendo 5 bolívares porque, de nuevo, no hay cambio.

En la cola para retirar el pedido, de nuevo, haciéndose cada vez más larga porque no repartían, informan que la máquina de refrescos está dañada y que no hay refrescos y que no entregarían los pedidos hasta que la arreglaran, allí solté mi tradicional “coño de la madre, qué peo” (perdonen si leen y no esperan malas palabras en un blog), al final, molesto, pido mis hamburguesas, mis papas o que me regresen mi plata, así que me dan mis hamburguesas (frías... además de pequeñas), al finalizar mi delicioso almuerzo (esto sí es sarcasmo), abordé el avión.

Lo que más me impresionó del episodio de Burger King, no fue el hecho de que no hubiera nada, ni el mal servicio, sino que yo era el único que estaba molesto y que estaba reclamando algo, los demás estaban resignados a esperar quien sabe cuánto tiempo a que arreglaran la máquina de refrescos, les dieran hamburguesas heladas y, seguramente, un refresco que sabe a pura soda. Esa misma actitud de “cállate que sino te van a joder” es la que nos tiene con el agua hasta el cuello y, también, esa actitud de “si puedo jodo al que me cae mal, me mire o me hable feo” es la que sigue echándole agua a la piscina en la que, si seguimos como vamos, nos ahogaremos todos, mi pregunta es, ¿hasta cuándo vamos a vivir en la mierda?, ¿hasta cuando vamos a aceptar un “no hay” por respuesta?.